En mi caso, tengo la suerte de contar con un pequeño museo pictórico en cada rincón de casa desde que tengo memoria.
El artista: mi padre.
En mi caso, tengo la suerte de contar con un pequeño museo pictórico en cada rincón de casa desde que tengo memoria.
El artista: mi padre.


Eligiendo las imágenes para la entrada anterior, descubrí y recordé una de mis fotografías preferidas de aquel viaje.
Se trata del espacio exterior de la fundación museo Jorge Oteiza, donde coincidimos a la salida de nuestra visita con un grupo de escolares.
Mientras nosotros nos dedicábamos a hacer fotografías del edificio y recibir explicaciones, ellos disfrutaban corriendo por la plaza, escondiéndose, rodando rampa abajo... y los más rezagados descansaban sobre los bancos de pizarra.
Creo que más de uno de nuestro grupo los miramos casi con envidia, ya que después de Dios sabe cuántas horas de autobús que acabábamos de pasar, todos hubiéramos apostado por poder pasar un rato como el que ellos disfrutaban, tumbados bajo el primer sol de la mañana, hacia el espectacular paisaje que nos rodeaba.
Con esta imagen traté de inmortalizar aquel momento, y la lección que sobre uso y disfrute del espacio público podemos recibir de los más pequeños.
Además de su simbolismo y significado, esta fotografía me atrae por otros dos aspectos:
Primero, cómo incide la temprana luz sobre las siluetas de los niños, recortándolas sobre el paisaje.
Y por último, y quizá lo más curioso de la imagen son los colores.
Poniendo un poco de atención, se descubre cómo se relacionan las vestimentas de los niños con los colores del paisaje. La parte derecha, justo dónde la verde hierba domina el paisaje, coincide exactamente con la posición de los 3 niños vestidos de este mismo color, que además se identifican, con su silueta, con las 3 verdes montañas del fondo. A la izquierda, donde la vegetación es más escasa y se percibe el color marrón de la tierra y la roca, se sitúa un niño vestido de este color. Por último, justo en el centro, el final de la fina línea que marca un camino coincide con el niño situado al centro, que curiosamente viste una camiseta a rayas y tiene tres líneas también en su pantalón.






En estas dos últimas vemos un detalle del David de Miguel Ángel, y otro de El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli; y ambas figuras, comiendo bombones.Pero lo más destacable quizá, sea el empleo de la luz, resultado, según el autor, de “invertir el templo religioso tradicional”, ya que “En la iglesia, los vitrales iluminan la nave central, mientras que la luz menor alcanza las naves laterales. De tal manera que la mayor intensidad luminosa significa una mayor importancia religiosa: el altar se orienta a la salida del sol. Yo he pretendido hacer exactamente lo contrario: un templo profano en el que la luz se recibe por los laterales y entra a contraluz en el centro, de modo que ese espacio sea oscuro y misterioso. Esa idea enlaza con el recuerdo del túnel en el que trabajaba Oteiza (en Arantzazu), que era un lugar no muy iluminado, pero que tenía un misterio encantador”.
Para mí fue una gran experiencia la visita a este museo, ya que se sentía que era un espacio perfectamente pensado para la exposición de esas obras en concreto, en perfecto diálogo con la vivienda preexistente y, sobre todo, con las obras contenidas, al verse tanto en el edificio como en éstas, las ideas de Oteiza sobre luz, oscuridad, lleno, vacío…