sábado, 8 de enero de 2011

Fundación museo Jorge Oteiza





En un privilegiado entorno, en la localidad navarra de Alzuza, se encuentra este museo, dedicado a la exposición y difusión de la obra de Jorge Oteiza, uno de los escultores fundamentales en la evolución del arte del s XX.












El museo se sitúa en la que fue la casa-taller del artista, una antigua casa abandonada donde él y su mujer se instalaron, buscando un cierto aislamiento para centrarse en su producción artística.
Se han conservado la fachada y la estructura interior de la vivienda como testimonio de los años en que Oteiza residió aquí.








En esta primera parte del museo se recogen maquetas, esculturas, bocetos escritos... que nos permiten descubrir, junto con imágenes y textos explicativos de las diferentes etapas de la vida del artista, su forma de vida y pensamiento, así como su relación con el cine, la arquitectura o la poesía.








Al antiguo caserío se adosa un edificio de nueva planta, obra del arquitecto Sáenz de Oiza, que completa las instalaciones del museo.
Este nuevo elemento se trata de una gran caja de hormigón rojizo, coronado por tres grandes lucernarios, que establece una gran relación y comunicación con lo anterior a través de una gran galería vidriada, dejando a la vista un pequeño patio, el primitivo taller del escultor.




En esta parte del museo de exponen, tanto de forma temporal como permanente, gran cantidad de esculturas del autor, así como textos manuscritos, ensayos en escayola, dibujos y collages.



Formalmente, la estructura de este edificio se asemeja al de un templo religioso, concibiéndose como una especie de santuario para la obra de Oteiza.



Pero lo más destacable quizá, sea el empleo de la luz, resultado, según el autor, de “invertir el templo religioso tradicional”, ya que “En la iglesia, los vitrales iluminan la nave central, mientras que la luz menor alcanza las naves laterales. De tal manera que la mayor intensidad luminosa significa una mayor importancia religiosa: el altar se orienta a la salida del sol. Yo he pretendido hacer exactamente lo contrario: un templo profano en el que la luz se recibe por los laterales y entra a contraluz en el centro, de modo que ese espacio sea oscuro y misterioso. Esa idea enlaza con el recuerdo del túnel en el que trabajaba Oteiza (en Arantzazu), que era un lugar no muy iluminado, pero que tenía un misterio encantador”.





Para mí fue una gran experiencia la visita a este museo, ya que se sentía que era un espacio perfectamente pensado para la exposición de esas obras en concreto, en perfecto diálogo con la vivienda preexistente y, sobre todo, con las obras contenidas, al verse tanto en el edificio como en éstas, las ideas de Oteiza sobre luz, oscuridad, lleno, vacío…


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