Lástima no poder volver a disfrutar de este museo. Las obras no colgaban de las paredes, ni se cuidaba su iluminación, ni se prohibían flashes. Es un espacio sin reglas en el que todo contribuye al arte, caminas por el prado libremente y te das cuenta que el paisaje aporta tanto que no podría desarrollarse la obra en otro escenario.
Las figuras se encuentran dispuestas de tal forma que siempre hay una relación entre ellas, pero al mismo tiempo cada una crea su ambiente, con ese aspecto imponente del acero que contrasta con la tranquilidad del espacio abierto, y que dota de un dinamismo al paisaje. Es un paseo entre figuras de acero que te permite despistarte y perderte sin nunca perder el hilo de la exposición.
Me parece increíble la forma que tiene el artista de trabajar el acero, y como consigue con este material dar esa sensación de rudeza que tanto distingue a su tierra, a la que él tanto defendía, y a la que intenta dedicar esta forma de escultura. Decía Chillida, que él quería ser como un árbol, perteneciente a un lugar, pero siempre que sus brazos llegaran a todo el mundo. Y es evidente que con esta obra lo consigue.
El recinto está formado por 12 hectáreas en las que encontramos cerca de 40 esculturas, y además, en el centro, permanece el caserío en el que Eduardo Chillida trabajaba y que en la actualidad está destinado a la exposición de obras de menores dimensiones, fotografías, y textos del escultor. Sin duda es una muestra de la devoción del artista, al mantener en total relación su espacio de trabajo y aquel en el que se exponen sus esculturas; tendría que ser increíble la sensación de pasar cada día por tal paisaje del que se alza su obra, y sobretodo, rodearse de ella escondido en su caserío pensando o trabajando en nuevos gigantes para su jardín.
A veces olvidamos la extraordinaria relación que se puede establecer entre la naturaleza y el arte.
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